
El abuelo Juan, el paterno, fue panadero en su juventud. También fue lechero, repartía la leche a domicilio.
Una de las anécdotas que se repitieron en cada reunión familiar cuenta que la honestidad de la lechería quedó en duda cuando la mejor clienta le reclamó haberle vendido la leche “aguada” ¿Cómo de dio cuenta la señora del engaño? Porque en la leche apareció un renacuajo.
Poco recuerdo de este abuelo que murió cuando yo tenía siete años. Cuando tomaba el vaso de vino para llevarlo a la boca, la mano le temblaba. Ese es mi único recuerdo personal, el resto de las historias las conozco de oídas.



