sábado, mayo 24, 2014

Buscando una pasión

El interrogante vital en este momento para mí es descubrir cuál es mi pasión. Pasión definida como aquello que hace que el tiempo pase sin darse cuenta, en lo que se piensa al despertar y en lo último en que se piensa antes de dormir. Por ejemplo, el arte tenía a Michelángelo Buonarroti atrapado por el cuello. Era su pasión. Yo estoy muy lejos de tener una pasión como esa. Digamos que me conformo con encontrar una pequeña pasión. Buscando en Internet (donde al guglear “como encontrar una pasión” salen cientos de páginas que dan respuestas), di con una página que plantea una serie de preguntas a responder. De ellas, extraje tres: 1.- ¿Qué cosa hace que se dispare tu creatividad? 2.- ¿Qué cosa haces con mucha facilidad y mejor que el promedio? 3.- Si pudieras elegir ¿Qué cosa harías el resto de tu vida? 1.-La creatividad se me dispara con cosas muy diversas: una clase para los niños, una foto, la creación de un monólogo… 2.- Supongo que escribo un poco mejor que el promedio, y que puedo entender lo que leo rápidamente…que eso constituya una pasión, lo dudo. 3.- Viajaría, conocería otras culturas, tal vez escribiría sobre esas experiencias… En resumidas cuentas, por el momento, todavía no encuentro esa pasión que me llene la vida…Seguiré en la búsqueda…

viernes, abril 09, 2010

La Iglesia, la pedofilia y mis recuerdos

Mi abuelo materno fue siempre un anticlerical militante, cuyas coplas contra la Iglesia escuché desde niña. Mi madre, sufrió la discriminación por ser hija de tal hereje en una sociedad en que no se permitía el tener su “propia fe” de acuerdo a la canción de Georges Brassens. Por lo tanto, para evitar que sus hijos sufrieran ese desprecio social, me envió a la iglesia desde los ocho años, edad en que llegué a vivir a la ciudad.
La parroquia se llamaba “Virgen Niña” y era el centro social del barrio. Eran los años sesenta.
En la parroquia había un metegol, historietas para leer, practicábamos basquetbol y preparábamos obras de teatro. En el día del niño, nos daban un desayuno con chocolate y una vez al año nos llevaban de paseo .
Para acceder a estos beneficios debíamos asistir a misa los domingos. De las misas recuerdo el aburrimiento de una hora que no pasaba nunca y los sermones: la desvergüenza de las mujeres que se ponían bikinis, el avance del peor enemigo de la Iglesia, es decir el comunismo y la necesidad de que las familias fueran a misa.
Durante las vacaciones, para poder pasar a la sala de los juegos y de las revistas, primero nos sentaban a ver documentales de la "Alianza para el Progreso", donde aparecía el presidente Kennedy saludando a los presidentes sudamericanos.
Los niños y las niñas teníamos actividades por separado. Los niños estaban a cargo del padre Montanaro y las niñas a cargo del padre Racca (ambos italianos y salesianos, de sotana negra con botones).
Hice mi primera comunión a los ocho años con vestido largo y blanco de plumetí, limosnera y tocado. Todo el atuendo fue escondido por varios días para que no lo viera mi abuelo.
La confesión previa a la primera comunión me produjo un estado de angustia que me duró varios días. Como no encontraba ningún pecado que confesar, salvo el de “contestarle” a mi mamá, fui respondiendo afirmativamente las sugerencias que me hacía el cura. Cuando me preguntó si había tenido “malos pensamientos” le dije que sí, cuando me preguntó si me había “tocado” le dije que sí, sin entender lo que en realidad me preguntaba. Al final, me dijo que rezara y que tuviera cuidado “si no quería ser madre antes de tiempo”. Esa frase me dio vueltas en la cabeza por días, no la entendía mucho pero sospechaba que algo tenía que ver con el sexo y que, por supuesto, eso era muy malo.
El padre Racca nos trataba bien, le gustaba conversar con nosotras, escribía obras de teatro (como “Las horas y el tiempo” o “Cenicienta”) que luego representábamos cuando venía el obispo. (Siempre agradecí que mi padre no fuera a la iglesia, sentía repulsión por los hombres grandes que se arrodillaban y besaban el anillo del obispo).
El padre Racca nos tomaba las manos y nos “amasaba” cada dedo mientras nos decía que quería saber cuáles eran nuestras “sensaciones” en ese momento. Nosotras, las niñas de la parroquia, le contestábamos con absoluta inocencia. Conmigo nunca pasó del “amasado” de manos.
Del padre Montanaro y la relación con los varones, no sé nada. Era muy querido por ellos, eso se podía ver.
A los catorce años dejé de ir a la Iglesia. Hablé con el padre Racca y le dije que ya no tenía fe, que no “creía”. De pronto se me instaló un espíritu científico y positivista que me impidió creer en dogmas revelados y que no me ha abandonado nunca.
Supongo que por eso soy atea, no tengo el don de la fe. A veces, en los momentos difíciles de la vida, quisiera “creer” para aliviar el dolor…pero no hay caso.
Cuando leo en la prensa actual los escándalos de los curas pedófilos, me vienen a la mente los recuerdos de mi infancia en la parroquia, estos recuerdos que recién ahora asocio con las denuncias de tantos que fueron abusados. En ese tiempo yo creía que todo era normal, que todos los curas podían “amasar” las manos de las niñas y preguntar si se habían “tocado”. Por supuesto no es comparable lo que yo viví con el abuso sexual. Pero es mi reflexión y parte de mi vida.

lunes, marzo 22, 2010

Cronología personal del terremoto

27 de febrero de 2010 en la tarde: Angustia de comenzar a trabajar el lunes 1º. Con la llegada de marzo, vuelve la rutina y la maratón “escuela-universidad-magíster”. A ese estrés se suma el estrés familiar por la partida de Mariana, Camilo y Violeta a Canadá en los próximos meses y uno que otro estrés colateral. Veo una película, leo un rato, navego por Internet, me siento nerviosa. Apago la luz a las 2 de la mañana y me duermo.

27 de febrero de 2010, 3:32 hrs: Me despierta el crujido de mi pieza que tiene paredes de madera. Intuyo que este es el terremoto, el “big one”. Me pongo una bata y unas ojotas y salgo por el cobertizo hacia el patio. Todo se mueve. Siento la voz de mi hijo que va detrás de mí, diciéndome que no salga al patio, que se caerán las columnas que afirman la parra. Le digo que necesitamos salir más allá. Todo se mueve mucho, en el cobertizo se cae la bicicleta y un frasco con flores de lavanda. Comienza una especie de coctelera con movimientos horizontales y verticales alternados. Nos tomamos de los brazos para no caernos. Estamos bajo el damasco. Las latas que afirman parte de las murallas del patio, suenan como truenos. En el cielo vemos luces moradas, amarillas, rosadas y azules. De pronto, el movimiento se termina con un último y descomunal crujido. Las alarmas de los autos, de las casas y los ladridos de los perros suenan a coro. Se levanta un viento frío. Se ha cortado la luz. Entramos a la casa, buscamos la linterna. En la cocina están los vidrios de un florero que nos regaló la tía Tita hace ya 25 años. La recuerdo un instante y la asocio con el terremoto del año 85. En la entrada de mi pieza yacen algunos libros que han caído, alumbro con la linterna la contratapa del libro “Galimberti”, justo en la foto de su cara de loco. Nos vestimos apresuradamente y salimos a la calle para ir a la casa de Mariana que queda a 3 calles de la nuestra. La luna llena alumbra el barrio. Comprobamos que la familia está bien y volvemos a la casa. El teléfono fijo está muerto y el celular no comunica. Me queda poca batería también, debería haberlo dejado cargando pero no lo hice. Pensamos que en cualquier momento volvería la electricidad y el teléfono, pero estuvimos 5 días sin ninguno de los dos servicios. Un MP3 antiguo, con audífonos, nos conecta con el exterior, escuchamos todo el tiempo la radio Cooperativa. Amanece el día con un niebla extraña, después me entero que es polvo en suspensión. Dormimos un par de horas.

27 de febrero de 2010, 10 de la mañana: En el barrio todo está tranquilo. Las casas están igual que siempre, no se movió ni una teja. Construcción antigua, de “ladrillo fiscal”. Compramos en el almacén del barrio. Nos juntamos para cocinar y acompañarnos mientras haya luz. De a poco, nos enteramos de la tragedia del sur. Esa noche dormimos en el patio, más que por miedo, para huir de la oscuridad.

28 de febrero de 2010: Todo es raro, estamos en una especie de irrealidad, el barrio sigue tranquilo pero con un clima de ojo del huracán. Hacia la noche, sólo oscuridad.

1º de marzo de 2010: Voy a trabajar. La Escuela no ha sufrido ningún daño. El comienzo de las clases se ha postergado una semana. Seguimos sin luz, la magnitud de la catástrofe nos golpea a través de la radio. Me duermo temprano, luego de tratar infructuosamente de leer a la luz de una vela.

2 de marzo de 2010: Pánico en Santiago. Los rumores hablan de hordas armadas que llegan de los suburbios. Esa es la versión de una compañera de trabajo que vive en un barrio privado. De vuelta a casa, me peleo con la gente que viaja conmigo. Se habla de saqueos en el centro, y en los barrios comerciales Patronato y Meiggs. Me acuerdo de la película Mad Max.
El Mall cercano a la casa ha abierto pero el miedo de los empleados y la desconfianza campean. Dormimos todos en casa de Mariana con sensación de inseguridad y desasosiego, incluso sin creer en los rumores.

3 de marzo de 2010: Vamos al supermercado: enormes filas, no queda harina ni agua mineral. Cierran a las 21 hrs, la gente pugna por entrar después de esa hora.

4 de marzo de 2010: Por fin vuelve la electricidad y el teléfono. Tengo una enorme cantidad de mensajes en Facebook y en el correo. Tiembla casi todo el tiempo, algunas réplicas más fuertes que otras. Estoy mareada. Participamos en acciones de solidaridad de los estudiantes de la Universidad Católica donde estudia mi hijo.

5 al 7 de marzo de 2010: Vemos un programa de TV que recauda fondos para ayudar a las víctimas de la tragedia del sur. Todo es muy raro, la presidenta saliente se abraza con el presidente electo y se canta el Himno Nacional.

8 de marzo de 2010: Comienzan las clases en la Escuela, pero con pocos niños pues el vehículo que los traslada está averiado sin que esto tenga ninguna relación con los sismos. En la tarde asisto al acto del día de la mujer en la Plaza Italia. Poca gente pero muy entusiasta.

11 de marzo de 2010: Cambio de mando presidencial, gran réplica estilo terremoto grado 6,9 al comienzo de la ceremonia. Eso lo sabremos después, a través de la TV. La Escuela se mueve con un golpe seco, los niños se asustan. Nos juntamos en la sala grande, hasta que pasa. Viene la segunda gran réplica, empiezo a despejar las mesas para poner a los niños debajo, pero luego termina. Los teléfonos mueren de nuevo. Los padres llegan asustados. Nos vamos temprano. La ciudad se paraliza. Día raro: las réplicas no paran, nuevo gobierno, alerta de tsunami en el Puerto. Me siento como extra de una mala película de ciencia-ficción.

14 de marzo de 2010: Apagón general en todo el país. Teléfonos muertos. Una hora y media sin saber qué pasa, si se trata de otro terremoto. Incertidumbre. Inseguridad extrema. Sensación de estrés acumulado y desesperanza.
Pero llega la luz y volvemos a la vida normal.

lunes, marzo 31, 2008

Frate In Memoriam

Las cuatro generaciones de mujeres están en esta foto.
La Frate se nos fue el 26 de junio de 2007 a los 92 años.
Su legado tiene la profundidad de la historia compartida: el arroz con pollo, la mermelada de membrillo, los bizcochos vainilla, la vida saludable, el agua con limón, las tostadas de las cinco de la tarde, los ojos verdes que nadie, antes de la Violeta, heredó…
Frate: estás aquí, descansa en paz.

sábado, octubre 07, 2006

Historias de familia: el abuelo Juan


El abuelo Juan, el paterno, fue panadero en su juventud. También fue lechero, repartía la leche a domicilio.
Una de las anécdotas que se repitieron en cada reunión familiar cuenta que la honestidad de la lechería quedó en duda cuando la mejor clienta le reclamó haberle vendido la leche “aguada” ¿Cómo de dio cuenta la señora del engaño? Porque en la leche apareció un renacuajo.
Poco recuerdo de este abuelo que murió cuando yo tenía siete años. Cuando tomaba el vaso de vino para llevarlo a la boca, la mano le temblaba. Ese es mi único recuerdo personal, el resto de las historias las conozco de oídas.

Historias de familia: El totoral




Detrás de la finca del abuelo en lo que llamábamos “el ciénego", crecía la totora, que se cortaba, se enfardaba y luego se vendía.
En esta foto está Fraternidad en medio del totoral con su amigo pampeano. Se los ve felices, relajados, a gusto en el sol. El muchacho de la boina es el que trabajaba ese día, a fines de los años 30.

Historias de familia: El tío Eusebio


No lo conocí pero desde niña me di cuenta que en el imaginario familiar fue muy importante.
El tío Eusebio era uno de los tíos españoles, había nacido con el siglo, en 1900. Fue uno de los que siguió a mi abuelo en sus ideales libertarios. En 1919, durante una manifestación, en una refriega con la policía, el tío Eusebio fue acusado de la muerte de una persona. Inmediatamente mi abuelo lo sacó de la provincia y lo mandó a Buenos Aires. Allí le dieron la identidad de un muerto y pasó a Uruguay. Desde entonces cambió su apellido y nunca regresó a la Argentina. El abuelo y la tía Teresa lo fueron a visitar en 1954. En Montevideo siguió con su pensamiento de izquierda, las anécdotas que contaban sobre él siempre me cautivaron. Dicen que si conocía a alguien en el tren, entablaba conversación y lo llevaba a almorzar a su casa. Yo me lo imagino apasionado, conversador, seductor.
El tío Eusebio murió en 1961, de un síncope, palabra que yo no conocía y que quedó grabada en mi memoria como sinónimo de terrible accidente.
El abuelo Gerardo guardó luto, estuvo muy triste durante una semana y colocó una cinta negra en su chaleco.

lunes, octubre 02, 2006

Historias de familia: las uruguayas





La tía Isabel de Uruguay y mi prima Violeta pertenecían a esa parte de la historia familiar que me fascinaba porque era diferente a la de todas mis amigas. En el comedor de la casa del abuelo había una foto de la tía Teresa en la playa, cerca de Montevideo, de la época en que fue con mi abuelo a visitar a la familia uruguaya. Yo, que nunca había visto el mar, me imaginaba un país exótico y lejano.
Las conocí a ambas, treinta años después de la fecha de la postal, y me parecieron tan dulces, tan educadas y tan cultas que desde entonces Uruguay es para mí uno de los países en que me hubiera gustado vivir.

sábado, septiembre 30, 2006

Historias de familia: mi hermana Silvia


Mi hermana Silvia va por la vida con el corazón en la mano. Es muy fácil de herir ese corazón. No esconde nada: ni la euforia de los días felices ni el dolor desgarrado de los días amargos. Sufre y se regocija por y con los demás.
A lo largo de su vida ha sido madrina honoraria de sobrinos no bautizados, madrina real de otros sí bautizados como Dios manda, madre espiritual de gente de todas las edades (yo la llamo la "madre universal") y espíritu dispuesto para confidencias y desahogos.
Mi hermana Silvia es una luchadora y defiende sus puntos de vista con pasión y vehemencia. No acepta medias tintas ni tibiezas. A lo español. Supongo que eso viene de los genes andaluces y libertarios de nuestro abuelo Gerardo.
En esta foto, de la década del 50, mi hermana Silvia posa con su vestido de Primera Comunión, vestido de organza cosido por la tía Ana y que fuera después desguazado para dar origen a dos vestidos de "salir" (uno para ella y otro para mí), que lucimos en el casamiento de nuestra prima Blanca y que yo manché irremediablemente cuando lo vomité en plena fiesta.

domingo, septiembre 24, 2006

Historias de familia: Frate, Ita y Ana


En esta foto están las inseparables Frate e Ita, tía y sobrina pero casi hermanas por el cariño, las confidencias, las salidas compartidas y la tía Ana, sentada a la orilla del canal, con su gesto habitual desafiante ante la vida. Esta foto campesina, muestra a estas mujeres impecables en sus vestidos de confección casera. Frate, mi mamá, siempre conservó un cariño especial para su hermana-madre (la tía Ana) y para su sobrina-hermana (Ita). Aún hoy recuerda las anécdotas de juventud de aquellos turbulentos años cuarenta en que el resto del mundo se desangraba mientras nuestra aldea dormía su tranquilidad ancestral.

sábado, septiembre 16, 2006

Historias de familia: El tío Amor


Amor era uno de los cuatro hijos varones de mi abuelo Gerardo, de los que sobrevivieron claro está. Tan anticlerical el padre, que los hijos no podían llevar nombres del santoral católico. Amor era el menor, el que la abuela había tenido casi a los cuarenta y cinco años. Fue el único que estudió más allá de la enseñanza básica. Muy inteligente. Según mi padre, siempre inventaba cosas. Yo descubrí un diario de vida suyo, olvidado en la bodega abandonada, fechado en los años cuarenta y que lo mostraba como un seductor. Por supuesto que a los catorce años me enamoré de él. Mis tías y mi madre no lo nombraban y si lo hacían era con rencor. La tía Ana decía que en lugar de salir tonto como todo hijo de madre vieja, en realidad era muy “vivo”. Y ahí terminaba el comentario sin darme más pistas sobre este personaje fascinante para mí, pero polémico para ellas. Por esa época descubrí que muy cerca de la casa del abuelo vivían dos primos hermanos míos, hijos del tío Amor. Los muchachos pasaban por el frente de la casa sin saludar. Alguien ajeno a la familia me dijo un día que el abuelo sufría cada vez que los veía. Con retazos de conversaciones y después de mucho molestar, armé la historia de este tío al que no conocía. Le gustaban las carreras, apostar, jugar en el casino, inventar negocios de la nada. Y por eso se jugó la casa del abuelo que quedó hipotecada (nunca más hubo la bonanza de entonces, dice mi madre), tuvo que huir para no caer preso, cruzó la cordillera y mandó a buscar a su esposa y a sus hijos. “Ella no quiso seguirlo”, dice la tía Teresa. Él volvió, se instaló en otra ciudad, cortó los lazos con la familia (la abuela murió al año siguiente “de pena”, dicen mis tías). Empezó a irle bien, hizo fortuna, volvió a casarse y tuvo una hija. Cuando yo tenía 18 años, un día apareció a visitar a mi madre y nuevamente me enamoré de él. Veinticinco años después supimos que había muerto y su hija buscaba armar la historia de su padre. Visitó a las tías, a mi madre y a la primera esposa de su padre. A ella le entregó una pensión de viudez y se despidió de sus medios hermanos con la promesa de escribirse y de visitarse. Su diario de vida, el que yo encontré en la bodega abandonada, se perdió en una de nuestras tantas mudanzas.
En la foto el tío Amor está con Violeta, la prima de Uruguay.

jueves, agosto 03, 2006

Historias de familia: Mis padres





Mis padres se conocieron en un baile que los republicanos españoles de Rivadavia, en la provincia de Mendoza, organizaron para juntar fondos que enviaban a España.
Durante su noviazgo, raramente podían estar solos.
En estas fotos, tomadas el mismo día se los ve muy enamorados, paseando por el campo.

martes, agosto 01, 2006

Historias de familia: el abuelo Gerardo


Mi abuelo Gerardo fue una de esas personas que marcan a varias generaciones.
Nació en Cúllar de Baza, en Granada. Era un andaluz típico: alegre, juguetón, muy cariñoso.
Lo recuerdo cantando coplas populares que nosotros no entendíamos, como aquella de “las flores de mayo que nacen en la primavera” ¿En mayo, la primavera? Él se reía: “Qué sabéis vosotros, indios”, nos decía. No había ningún racismo en sus palabras, era una persona de mente abierta, un anarquista que le puso “Fraternidad” a mi madre para evitar los nombres del santoral.
Profundamente anticlerical, cuando se encendía luego de algún vasito de vino tinto, en las reuniones familiares, recitaba sus versos contra la iglesia, ante la mirada reprobatoria de sus hijas.
Yo me iba de vacaciones a su casa todos los veranos durante casi tres meses. Allí, en el campo, el tiempo se me escurría entre las idas a cosechar duraznos en la carretela, los juegos con mis primos desde la mañana hasta la noche, los cuentos y poesías recitados bajo las estrellas y el olor de las lilas, madreselvas y rosas mosquetas.
Cuando era el momento de regresar a mi casa en la ciudad, los dos llorábamos mientras me acompañaba a tomar el ómnibus.
Mi abuelo murió cuando yo tenía 13 años, creo que marcó el fin de la infancia.
En la foto tengo 9 años y estoy con él y la nieta de su compadre de La Pampa.